Rodrigo Calvi
Camacho
Se heredan con intereses
La historia de una familia que decidió no contar
Rodrigo Calvi Camacho no planeaba escribir un libro. Durante años se dedicó a trabajar, formar una familia y hacer lo que muchas personas hacen bastante bien: seguir adelante sin hacer demasiadas preguntas.
Hasta que empezó a hacerlas.
© 2021
© 2021
Rodrigo Calvi Camacho
Rodrigo Calvi Camacho no planeaba escribir un libro. Durante años se dedicó a trabajar, formar una familia y hacer lo que muchas personas hacen bastante bien: seguir adelante sin hacer demasiadas preguntas.
Hasta que empezó a hacerlas.
Se heredan con intereses nació de esas preguntas, de conversaciones que llegaron tarde, de recuerdos familiares y del descubrimiento de que algunos silencios sobreviven durante generaciones.
Escribe desde la experiencia, pero también desde la distancia que dan los años, convencido de que comprender el pasado no significa justificarlo.
Esta es su primera novela.
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Se heredan con intereses
Rodrigo Calvi Camacho no planeaba escribir un libro. Durante años se dedicó a trabajar, formar una familia y hacer lo que muchas personas hacen bastante bien: seguir adelante sin hacer demasiadas preguntas.
Hasta que empezó a hacerlas.
Se heredan con intereses nació de esas preguntas, de conversaciones que llegaron tarde, de recuerdos familiares y del descubrimiento de que algunos silencios sobreviven durante generaciones. Escribe desde la experiencia, pero también desde la distancia que dan los años, convencido de que comprender el pasado no significa justificarlo. Esta es su primera novela.
Hay familias que heredan casas. Otras heredan negocios. Algunas heredan silencios. Hay verdades que permanecen ocultas durante años. Pero los secretos nunca desaparecen. Solo esperan a que alguien tenga el valor de nombrarlos.
Se heredan con intereses es una novela sobre la familia, la salud mental, el perdón y esas historias que creemos enterradas hasta descubrir que siguen viviendo dentro de nosotros.
Se heredan con intereses
Capítulo 1
NO SE MUERE CUALQUIERA
Para algunos miembros de mi familia, el día que mi papá murió fue el día que todo se rompió. Para mí, fue martes.
Lo sé, quizá esta no es la mejor manera de empezar, y espero que no me malinterpreten: por supuesto que me dolió su partida. Pero, con lo que descubrí poco después, confirmé que en realidad ya todo estaba roto desde mucho antes de que él se fuera…
Mi papá no murió un martes cualquiera aunque, irónicamente, fue un martes que comenzó igual que otros: café tibio, noticias olvidables y pendientes que volverían a quedar sin tachar en su larga y oculta lista de asuntos inconclusos. Cuando llegué a la casa ese día, me recibió un espeso y profundo silencio, como sacado de una película o un libro de suspenso que te mantiene siempre a la expectativa; quién hubiera pensado que los ecos fantasmales también se iban a hacer presentes.
Subí a su cuarto y allí se hallaba el tumulto más callado y tranquilo que había visto en mi vida; dos estaban mudos por voluntad, y el tercero… por fuerza mayor: era mi papá. Desde el umbral lo vi. Él estaba acostado, boca arriba, perfectamente alineado con la cama; daba la impresión de que, en un último acto de consideración, quería facilitarle el trabajo a quienes vinieran después por él. Tenía ya los ojos cerrados y una expresión neutra e indescifrable en el rostro; diría que casi administrativa o burocrática. La verdad, yo no sabía si acercarme o llenar una solicitud primero. Ante mí, yacía el cuerpo inerte de mi padre, un hombre de semblante serio que por fin había dejado de discutir con el mundo y firmado su solemne renuncia sin avisarle a nadie.
De alguna forma, logré espabilarme y miré a mi alrededor. El reloj de la cómoda marcaba las 11:21; diez minutos antes y yo hubiera llamado a un numerólogo. Héctor, el viajero frecuente que rara vez se encontraba en la ciudad, permanecía de pie, recargado en el marco de la gran puerta de la habitación, y a su lado, igual de pasmado y petrificado, estaba mi otro hermano, Javier, fiel a su estilo, a la expectativa de lo que los demás fueran a hacer, sobre todo Héctor. Los dos parecían estatuas de marfil: no lloraban, no hablaban, no reaccionaban; cual soldados sin comandante, esperaban instrucciones que ya no iban a recibir porque ya nadie las iba a dar.
Finalmente, crucé el umbral y entré, más por la convicción de que alguien tenía que hacerlo que por cualquier otra cosa. Me acerqué despacio, con la destreza de un malabarista en cristalería, pensando en que si hacía ruido podría despertarlo, y me incliné lo suficiente para confirmar lo obvio: no había respiración, no había calor, no había nada que indicara que él seguía dentro de ese cuerpo; solo quedaba la forma conocida, la cáscara.
—Ya descansa, papá —dije en un volumen apenas audible—. Te lo mereces, y me saludas a mamá.
Para ser sincero, no sé si se lo dije a él o a mí; tal vez, en un acto reflejo, propio de un estado de negación, hablé con la idea de que ninguno de los dos todavía estaba listo para soltar. Durante toda su vida lo vi levantarse antes de que despuntara el alba y acostarse mucho después de que las personas con las que compartía el techo ya se habían ido a dormir. Trabajaba como si el descanso fuera un premio reservado para otra gente y quizás por eso morir fue lo más parecido a unas vacaciones obligatorias… Solo que estas eran eternas.
El silencio que reinaba en el ambiente ya pesaba demasiado: podía cortar el aire con un simple movimiento de mano. Así, con el mismo cuidado —yo aún tenía esa sensación infantil e infundada de que podría incomodarlo—, tomé la cobija que estaba doblada al pie de la cama y lo cubrí. Sin embargo, mi inconsciente me traicionó y proferí en voz alta y sin pensar:
—Para que no tenga frío…
Al parecer, esa frase absurda rompió el hechizo y mis hermanos, que por primera vez repararon en mi presencia desde que yo había llegado a la casa, salieron de su trance. Con pasos torpes e incómodos, ellos también entraron al cuarto y se colocaron cada uno a un costado de la cama. Por su expresión, supuse que todavía no asimilaban que aquello no se trataba de una visita hospitalaria a un sobrino de un primo hermano de algún pariente lejano, sino de la irremediable despedida de su propio padre.
Así comenzó todo: un lugar tan silente como desconcertante, una reunión de mal agüero para tapar con una cobija al depositario de los secretos de la familia y un chiste irónico que llamó a la acción… Definitivamente, no estuvo chido.
En retrospectiva, hoy pienso:
Aquel martes no empezó el duelo;
empezó la verdad.
Capítulo 2
¿CÓMO SE ARREGLA UN FUNERAL?
Podría apostar, sin temor a equivocarme, que en todas las familias existe un integrante designado por el azar —o, más precisamente, por la posición genealógica— para asumir la gerencia de la logística emocional, encargándose de los escombros que los demás prefieren evadir. En la mayoría de los casos, ese «gerente» aprende el pragmatismo de resolver conflictos mucho antes de averiguar siquiera cómo sentirse al respecto. Pues bien, en el organigrama de mi familia, ese puesto me fue adjudicado a mí —y, claro, sin sueldo ni capacitación—.
En consecuencia, asumí de inmediato el rol de operador telefónico de la tragedia: notifiqué a tíos desdibujados por el tiempo, saludé a amigos de la infancia y a conocidos que no veía desde hacía años; lo normal, creo yo, esas personas con las que se pierde contacto, y si se vuelve a saber de ellas, generalmente es porque algún cercano en común ha fallecido. Lo que quizá se salió un poco del guion fue que marqué el número de Sofía, desafiando, quizás, a mi propia suerte.
Acto seguido, llamé a la funeraria y me vi obligado a solventar un riguroso cuestionario a cuyas preguntas no sabía ni qué responder. La voz al otro lado de la línea me interrogaba cual trámite de oficina: «¿Velorio o cremación?», «¿Ataúd abierto o cerrado?», «¿Misa o ceremonia laica?», «¿Flores sobrias o arreglos monumentales?»… Solo faltó «¿Comida a tres tiempos o café y galletas?». Estaba abrumado. Semejante menú de opciones, con sus respectivas respuestas, resultaba absurdo ante la magnitud del hecho principal: mi padre había muerto y ninguna elección iba a cambiar eso.
Así, mientras regateaba con perfectos desconocidos sobre horarios, paquetes funerarios y costos adicionales, me asaltó una reflexión muy incómoda: el hombre bajo la cobija, que en vida había controlado minuciosamente todas y cada una de las variables de su existencia, ahora dependía por completo de mi criterio para elegir el color del forro de satín donde lo exhibirían por última vez. Se manifestaba ante mí una inversión cruel e irónica del orden natural.
Al final, colgué el auricular y contemplé mis manos: temblaban con la gracia de un flan. Era un estremecimiento ligero que distaba mucho de ser provocado por el miedo; se trataba, más bien, del efecto colateral de un inevitable exceso de realidad.
Mi papá acaba de morir…
y yo aquí discutiendo con esta señora.
—Oiga, ya le dije que ese color está bien;
él no se va a quejar por eso.
Capítulo 3
LA CASA LLENA
El improvisado recinto fúnebre —la casa donde hasta hace poco el silencio me ensordecía—registró un aforo muy superior a mis más optimistas proyecciones. A decir verdad, mi padre pertenecía a esa peculiar estirpe de hombres que acumulaban relaciones públicas con el mismo celo con el que un mecánico atesora herramientas en el taller: un mero inventario por si algún día hacían falta. De pronto, el lugar se plagó de exsocios, vecinos antiguos y empleados de sus épocas de gloria; en fin, gente que no veía desde hacía décadas. Para todos ellos, el difunto era el protagonista secundario de sus propias biografías: el benefactor que resolvió un gran dilema, el consejero de cabecera o el hombre que estuvo presente cuando el resto del mundo les dio la espalda.
Mientras deambulaba entre la concurrencia, yo escuchaba tantas maravillas sobre él que por momentos pensé que se habían equivocado de velorio. Él había sido mi papá. Punto. Ni más ni menos: un hombre propenso al enojo, fatigado por la rutina y con un extrañamente discreto historial de decisiones equivocadas.


